Viernes 16 de Abril de 2021

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OPINION

1 de febrero de 2021

CARTA ABIERTA DE UN AISLADO POR COVID - POR MARIO BARRIO

Este domingo 31 de enero de 2021 cumpliré con 18 días de aislamiento (lo que me tocó según ley).
No es mi intención dar consejos, ni pretender tener razón, ni echar culpas, ni señalar a nadie. Solo quiero, por si le sirve a alguien, compartir mi experiencia.
El martes 12 de enero comencé a sentirme mal. Algo de...

...tos, una sensación rara en el cuerpo y un creciente estado febril. Intenté descansar pero fue en vano. No estaba bien. Por la mañana decidí no ir a mi trabajo y comunicarme con mi médico.

El doctor no lo dudó ni un instante. Ante mi planteo me envió al consultorio 5 del Hospital Municipal. A hisoparme. “Vos andá que yo llamo”, me dijo el médico que a su vez estaba aislado en su casa.

A los pocos minutos, dos profesionales vestidas como astronautas, realizaban el procedimiento, las preguntas de rigor y rellenaban la planilla. Acto seguido alguien, también ataviada para la ocasión, ingresaba a limpiar el lugar por enésima vez en el día.

Después la espera. 72 horas. Hasta el sábado 16 a las dos de la tarde. El teléfono sonó y una voz, que creí identificar pero que no consulté quien era, me daba la noticia: POSITIVO.

Para esto, mi cuerpo presentaba varios síntomas pero uno especialmente: CANSANCIO. Mucho cansancio y dolor en las extremidades. Y tos.

A todo eso siguió el llamado de un joven profesional, la consulta por los contactos que había tenido los días anteriores y una máxima que se repitió a lo largo de los días: “Cualquier problema nos llamás”.

En una mezcla de bronca, desilusión conmigo y tristeza, decidí comunicarlo a todos a través de las redes sociales y llamar a los más cercanos y a los contactos de días previos.

Y me prometí algo: estar bien, intentar estar bien y ponerle humor.

“Non calentarum, largum vivirum”, recordé haber dicho tantas veces en mi vida.

Ya, a la noche, la noticia de que los mismos síntomas se presentaban en Daniela, me ponía un poco más triste. Juntos, con lo mismo.

Los amigos, los familiares, los llamados, los compañeros de trabajo, los oyentes, los conocidos, me llenaron de mensajes, llamados y buena onda. A su vez distintos profesionales se ponían a mi disposición.

Por otra parte, todos buscaban darme una mano. “Contá conmigo, para lo que quieras”. “Lo que necesites avisá”. “Estoy para ayudar”.

Una catarata de buena onda inundó nuestro hogar y nos predispuso positivamente.

Pero, a cada rato, dos sensaciones se presentaban con fuerza: Por un lado, el sentimiento ineludible de una CULPA –y MIEDO a la vez- por lo que podía ser el daño producido a gente que trabaja a mi lado, el perjuicio laboral/económico a los que tenían que aislarse obligatoriamente y el inicio de una probable cadena que podía no tener un rápido eslabón final. A su vez, el hecho de haber contagiado a mi compañera de ruta que comenzaba a sentirse mal.

Por otro, la sensación de DUDA y BRONCA con mis acciones.

El gil, que desde marzo en la radio, brindaba consejos para cuidarse, leía protocolos, se volvía especialista en barbijos, alcohol en gel y precauciones; el que entrevistaba a gente de Europa, a profesionales de la terapia intensiva, a los médicos de todos lados, a los positivos de los primeros tiempos, ahora: CONTAGIADO.

¡Qué pel…udo!, pensé. Así me sentí.

Por otra parte, la búsqueda, también inevitable, en el disco rígido de cada hora, cada minuto y cada segundo de los días anteriores. ¿Con quién estuve? ¿Qué hice? ¿Tenía barbijo? ¿Cuántos minutos?

La incertidumbre y el no saber, con seguridad, que había pasado.

Un viaje a Trenque Lauquen en la semana a realizarme una tomografía y la lógica estupidez humana de visitar tres o cuatro comercios. “Ya que estamos”.

El encuentro en la puerta de un negocio con un amigo que me contrató hace 30 años. Le puse el puño y me dijo: “Dame un abrazo”. Y nos fundimos, con barbijo, en un abrazo.

La participación en un asado el mediodía del sábado anterior con tres amigos.

La visita e intercambio rápido con gente en algunos comercios treslomenses, el mínimo contacto con algún compañero de trabajo, el compartir el mismo habitáculo del vehículo por minutos.

Nada. Todas dudas. Ninguna certeza. Y la mayoría de las líneas de investigación terminaban en lo mismo: “No puede ser. No dan los tiempos. Eso no pudo ser”. La única confirmación: al menos, había perdido la prudencia que me había propuesto no romper.

A su vez, mientras corrían las horas y me llenaban de regalos (gastronómicos la mayoría) que agradezco y destaco, se comenzaba a producir la sensación de una mejoría en los síntomas y los llamados de los médicos y los profesionales del Hospital. Me sentí muy acompañado por ellos. Espero le pase a todos. Sé que no es así.

Con tantas horas disponibles, para pensar y reflexionar aparecieron algunas CERTEZAS.

Pido disculpas si alguien se siente ofendido. Son mis CERTEZAS y no la verdad absoluta.

Primero, que todos te aseguran tiempos de contagio, formas, medicaciones y demás. Pero que nadie sabe “un car…jo” de esto. Incluidos los que uno considera que sí saben. Evidentemente, el virus, si es un diseño adrede, está muy bien diseñado. Para confundir.

Inclusive, con los tiempos de aislamiento. Desde los mismos lugares unos me dijeron una cosa, otros otra. Hice caso absoluto. No busqué ventajas. La ley es la ley.

Segundo, que una gran parte de la población –no puedo decir cuántos- ya pasó por el virus y no figura en ninguna estadística. Me dijeron de todo: “Yo tuve fiebre y tomé ivermectina”. “Yo anduve jodido pero fue el aire acondicionado”. “Yo no dije nada, mirá si me aislaban”. “Yo me las aguanto, no quiero que me hisopen”.

Tercero, en Tres Lomas, el país y el mundo: Todos creen tener la verdad. Me dijeron: “¿Por qué no te aislaste en el quincho?”, “Al campo podés ir igual”, “Si total no vas con nadie”, “Yo de noche salía” y muchas frases como esas. Cuento los pecados, no los pecadores.

Es decir, que muchos -no todos- hacen lo que quieren y no lo que deben.

Bien, voy a continuar. Esperando que nadie se enoje, ni me odie. Yo los escuché a todos. Ahora escúchenme reiterar: son mis CERTEZAS, seguramente no será la verdad.

Como decía mi abuela: “no creo en las brujas pero que las hay, las hay”.

Afortunadamente, no tuve que estar internado, los síntomas fueron desapareciendo, la cosa se fue aliviando y el ánimo no decayó. Eso lo valoré especialmente. Me animé a crear mi propia máxima: “Pensar en positivo, siendo positivo, da resultados positivos”.

En todo este tiempo, no pude dejar de pensar en los que perdieron y pierden la vida, a un familiar, a un amigo. En los que tienen que ser trasladados, en los que son internados. En los que se quedan solos. Y en los que no tienen recursos y pasan necesidades.

Me sentí un afortunado y mimado. Tremenda fortuna la de sentirte acompañado, poder estar con alguien, que no te falte nada, que los proveedores te dejen las cosas y no intenten cobrarte, recibir cientos de mensajes, etc.

Pensé en los que se quedan sin recursos, ven afectado su trabajo y, fundamentalmente, se sienten solos.

Agradezco la comunicación de aquellos que ya pasaron por la enfermedad, de los que estuvieron aislados y de los que compartimos el tiempo del virus. Paralelamente recibía de un amigo en Coronel Suárez, Daniel, fotografías de la asistencia respiratoria que recibía y de su estado. Tremendo.

Reitero: No pude menos que sentirme un AFORTUNADO.

Cuando despertaba –dormí bastante- lo primero que hacía era respirar profundamente. Cuando mis pulmones se llenaban de aire me decía: “Estas para seguir, otra vuelta vamo’ a dar”.

A la vez otra confirmación: “Uno no deja nunca de aprender”.

Pasados los primeros días apareció la posibilidad de reflexionar sobre el valor de las cosas: la amistad, la economía, el trabajo, la familia, la devolución de favores, la solidaridad, el cariño de la gente, la compañía de una mascota (Rufina), etc.

Aún hoy me siento cansado, agobiado, algo chinchudo por momentos y autocrítico.

Aunque uno no quiera, se siente culpable.

Aunque uno no quiera, siente bronca cuando ve a los que no se cuidan nada seguir transitando tranquilos, y enterarse de que los que sí se cuidan se enferman igual.

Aunque uno no quiera, siente desilusión con uno mismo. ¿En qué fallé? ¿Qué hice mal? ¿Qué errores cometí?

Un abrazo –virtual claro- a los que perjudiqué de alguna forma. Si alcanza, les pido disculpas.

Un agradecimiento a todos los que me acompañaron.

Extraño –creo que hasta mañana- la fortuna de salir a la calle, de cruzar a los treslomenses, de ir al trabajo, de caminar libremente.

Extraño, el abrazar a mi hija. En pocos días más podré hacerlo.

En un rato –a la hora cero- iré caminando a ver el mural que homenajea al Dr. Favaloro. Usaré el lugar para expresar mi reconocimiento a todos los que trabajan en el sector de la salud. Y elevaré un ruego por las familias que han perdido a seres queridos y por la recuperación de los que están contagiados.

Mañana me reincorporaré a mi trabajo rural. El lunes volveré con el programa de radio de 8 a 11 horas. En pocos días más reiniciaré mi actividad docente.

También prometo tomarme unas vacaciones. Si Dios así lo permite.

Gracias a todos. Les quedo debiendo mucho.

Espero haber aprendido algo más. Espero salir fortalecido.

Un abrazo sincero.

MARIO BARRIO DNI: 16151665 Periodista y treslomense (GRACIAS a: Daniela, Milagros, Javier, Eduardo, Patricia, Juan, Nicolás, Gaspar, Lucas, Ezequiel, Mariana, Sergio, Cristian, Jorge, Natalia y muchos más)

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